Autores: Mª Ángeles Martinez Martín, Camino Escolar Llamazares, Yolanda Gonzalez Alonso, Begoña Medina Gómez y Elvira Mercado Val
Área de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos
Universidad de Burgos.


Los trastornos de la conducta alimentaria, en adelante TCA, definidos como una alteración de los hábitos alimentarios y de las conductas de control de peso que dañan significativamente la salud y el funcionamiento psicosocial de la persona (Fairburn y Walsh, 2002), constituyen una problemática ligada a nuestro tiempo. El aumento significativo de casos, la gravedad, la larga duración, la tendencia a la cronificación, la necesidad de tratamiento multidisciplinar, y la frecuente hospitalización de las personas afectadas, les convierte en relevantes problemas de salud pública.

La investigación nos muestra que dichos trastornos constituyen, hoy en día, uno de los principales problemas de salud mental, siendo considerados por algunos autores como la tercera enfermedad crónica más común entre los adolescente y jóvenes (Peláez, Labrador, y Raich, 2004). Sin embargo la sociedad no es consciente de ello, negándose a la evidencia. Esta falta

 de consciencia se debe en parte a que cada vez estamos más acostumbrados a encontrarnos con preadolescentes, adolescentes, e incluso personas en la etapa adulta, que presentan conductas alimentarias inadecuadas o disfuncionales, y que, sin embargo, son apoyadas socialmente. La preocupación por realizar dietas o utilizar productos peligrosos para la salud, con el objetivo de reducir peso y mejorar la satisfacción corporal, forman parte de los hábitos cotidianos de muchas personas, haciendo parecer como “normales” conductas y actitudes hacia la comida que realmente son inadecuadas e incluso problemáticas.

Estos trastornos, caracterizados por comportamientos, creencias y emociones anómalas sobre la alimentación, el peso y la forma corporal (Perpiñá, 2014), pueden surgir a cualquier edad, aunque la preadolescencia y adolescencia constituyen las principales edades de riesgo -afectan aproximadamente a una de cada 200 adolescentes-. Actualmente, el perfil de las personas con TCA ha cambiado, por una parte se ha adelantado la edad de inicio, observándose que la tasa de ingresos en menores de 12 años se ha triplicado en los últimos 5 años, y por otra, se ha demostrado que no se trata de problemas ligados al género femenino, estando cada vez más presentes en los varones, aunque la proporción sigue siendo menor (se habla de 9 mujeres frente a 1 varón) (Faus, 2015). En occidente han aumentado en estos años, los embarazos de riesgo, llegándose a constatar que alrededor de un 1% de los embarazos cursa con TCA.

Imagen corporal y TCA
La manera de percibirnos, sentirnos y actuar en relación a nuestro cuerpo recibe el nombre de imagen corporal. El entorno en el que estamos inmersos desde la infancia (recibir elogios o críticas referidas a nosotros) y los medios de comunicación, determinan en buena medida la valoración que hacemos de nuestro cuerpo, es decir, el vernos más o menos atractivos.

¿Qué está pasando para que jóvenes brillantes, con talento, gasten cantidades alarmantes de tiempo pensando, hablando, tratando de modificar su apariencia física, queriendo sentirse bellos,  haciendo que su búsqueda de la belleza oculte cualquier otro objetivo o interés? ¿Qué estamos haciendo para que estos adolescentes y jóvenes se preocupen de forma inquietante, no por su educación, su carrera, su familia o sus relaciones, no por el estado de la economía, del medio ambiente, del mundo… sino de objetivos relacionados con la de pérdida de peso, el cuidado de la piel, el estado de sus brazos, sus abdominales, sus muslos…?

Hemos creado una sociedad con unos cánones de belleza que, por una parte, ensalzan la delgadez como la característica más valorada del aspecto físico, y por otra, estigmatizan la obesidad. Esta realidad ha favorecido, no sólo, que haya aumentado el número de casos de TCA, sino que la insatisfacción sobre el cuerpo esté también presente en la población general (Martínez-Martín y Bilbao-León, 2015).

Entre los factores de riesgo asociados a los TCA, destacan los factores socioculturales. Como hemos mencionado, estamos inmersos en la cultura de la delgadez, y el modelo estético corporal femenino delgado, incluso excesivamente delgado, es símbolo de triunfo y de éxito social y profesional, mientras que la obesidad es símbolo de dejadez, poco interés luchador y despreocupación (Baños y Miragall, 2015; González-Carrascosa et al., 2013; Mousa, Mashal, Al-Domi, y Jibril, 2010; Toro, Salamero, y Martínez, 1995). En los varones prima el modelo estético corporal musculoso. Los ideales de belleza se transmiten diariamente a través de los medios de comunicación y de la publicidad, influyendo en la imagen corporal y en el deseo de cambiar de peso en mujeres jóvenes e inclusive en niñas (Cortes-Mejía, Díaz-Díaz., Mejía-Sierra, y Mesa-Monsalve, 2003). El “sentirse gordo” es una de las causas más frecuentes que incitan a llevar a cabo conductas alteradas que pueden derivar en estos trastornos. Pero no es preciso que la persona presente un sobrepeso real, con solamente pensar que lo tiene y que ello le afecte, puede generar el trastorno (Raich, 2011). Esta presión social a la que la mujer se ha visto y se ve sometida ha provocado que la insatisfacción corporal y la preocupación por el peso sean más prevalentes en las mujeres que en los varones (McCabe y Ricciardelli, 2004) alcanzando su pico máximo durante la adolescencia, en la cual las mujeres experimentan numerosos cambios en la distribución de su grasa corporal y en su figura (Garner, 2010).

Las investigaciones indican que una percepción distorsionada de la imagen del propio cuerpo, vinculada a una insatisfacción corporal, está en la base de los TCA (Baños y Miragall, 2015; Garner y Garfinkel, 1981; Maganto y Cruz, 2000; Martínez, Toro, Salamero, Blecua, y Zaragoza, 1993; Míguez, De la Montaña, González, y González, 2011; Toro, 1988; Toro et al., 1995). Estos datos unidos a los aportados por distintos estudios en los que se confirma que una buena parte de los adolescentes españoles se sienten a disgusto con su cuerpo y la mayoría, cuando se mira al espejo, se ve más gordo de lo que es en realidad (Maganto y Cruz (2000), y a los que refieren que más del 60% de los estudiantes universitarios se perciben de forma errónea (Alcazar, Lora, y Berrio, 2011; Franco, Jesús-Díaz, López-Espinoza, Escoto y Camacho, 2013; Pino, López, Moreno y Faúndez, 2010; Soto et al., 2015) nos hace pensar que la sociedad actual está favoreciendo la aparición de estos trastornos y que debieran buscarse soluciones.

Medidas a tener en cuenta
Lo comentado hasta el momento nos hace pensar que, efectivamente, se deben llevar a cabo medidas dirigidas a prevenir la aparición de estos trastornos, es decir, pautas de actuación que disminuyan el número de casos nuevos. Para ello sería preciso:

– Ayudar a los adolescentes y jóvenes a saber diferenciar entre cuerpo e imagen corporal para que aprendan que el malestar con el cuerpo no se elimina cambiando el cuerpo, sino cambiando la imagen corporal. Si una persona tiene una imagen corporal negativa, aunque cambie de peso, se seguirá sintiendo mal consigo misma.
– Hacer comprender que para mejorar nuestra imagen corporal no hay que “transformar” irracionalmente nuestro cuerpo, sino cambiar el modo en que nos tratamos y valoramos. Debemos favorecer el cambio de actitudes y creencias sobre el cuerpo y la apariencia.
– Ser conscientes de los pensamientos y sentimientos que nos genera nuestro cuerpo y aprender a tener una visión positiva del mismo, aumentando la realización de actividades saludables.
– Asumir que querer acercarse a unos ideales inalcanzables, es más peligroso para nuestra salud que aprender a vivir con nuestro cuerpo, es decir quererlo tal y como es, único y diferente a todos los demás.
– Pensar en el cuerpo como algo unificado, pensar en su conjunto no en partes, entender que el cuerpo constituye nuestra herramienta para explorar el mundo, para amar, comunicarnos …
– Favorecer que las personas, desde su infancia, vean su apariencia como un aspecto de menor relevancia y centrarse en las múltiples y diversas cualidades que toda persona tiene (generosidad, curiosidad, persistencia, valentía, emprendimiento, inteligencia, amabilidad, etc.).

Conclusión
Este artículo pretende hacer reflexionar sobre la relevancia que la sociedad actual ha dado a la imagen corporal y la presión ejercida especialmente sobre las mujeres. Cuando la imagen corporal importa en exceso nos olvidamos de ser personas, es decir, nos olvidamos que cada uno de nosotros somos seres específicos, física, psíquica y socialmente diversos, y aumenta considerablemente el riesgo de sufrir un trastorno alimentario o de otro tipo.
Es difícil que lleguemos a vivir en un mundo donde la belleza, la imagen no importe, pero podemos vivir en un mundo donde sea menos importante y esas otras características, que se han mencionado, sean las verdaderamente transcendentes. Provocar pequeños cambios en la forma en la que pensamos, y la forma en la que hablamos e interactuamos con los demás podría allanar el camino para alcanzar un futuro más hermoso.

Lo más saludable que podemos hacer por nosotros mismos es aprender a aceptarnos, querernos y respetarnos y el humor constituye una herramienta esencial que nos puede ayudar a aprender a valoramos como somos. 

Enlaces

Enlace al vídeo de Pepa Rus “El canon de belleza depende de los días y… ¡¡de las horas!!” emitido por La Sexta: https://youtu.be/XQB0nxDYvnk

Referencias bibliográficas

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